viernes, 26 de febrero de 2010

Garcilaso de la Vega (Toledo, 1506-Niza, Francia, 1536)[esp], _Sonetos_ Soneto XXIII «En tanto que de rosa y de azucena»


En tanto que de rosa y d'azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;
 
y en tanto que'l cabello, que'n la vena
del oro s'escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
 
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que'l tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
 
Marchitará la rosa el tiempo helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

Pablo Neruda. Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (1904-1973)[chl], «Barcarola»

Si solamente me tocaras el corazón,
si solamente pusieras tu boca en mi corazón,
tu fina boca, tus dientes,
si pusieras tu lengua como una flecha roja
allí donde mi corazón polvoriento golpea,
si soplaras en mi corazón, cerca del mar, llorando,
sonaría con un ruido oscuro; con un sonido de ruedas de un tren con sueño,
como aguas vacilantes,
como el otoño en hojas,
como sangre,
con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo,
sonando como sueños o ramas o lluvias,
o bocinas de puerto triste;
si tú soplaras en mi corazón, cerca del mar,
como un fantasma blanco,
al borde de la espuma,
en mitad del viento,
como un fantasma desencadenado, a la orilla del mar, llorando.

Como ausencia extendida, como campana súbita,
el mar reparte el sonido del corazón,
lloviendo, atardeciendo, en una costa sola,
la noche cae sin duda,
y su lúgubre azul de estandarte en naufragio
se puebla de planetas de plata enronquecida.
Y suena el corazón como un caracol agrio,
llama, oh mar, oh lamento, oh derretido espanto
esparcido en desgracias y olas desvencijadas:
de lo sonoro el mar acusa
sus sombras recostadas, sus amapolas verdes.

Si existieras de pronto, en una costa lúgubre,
rodeada por el día muerto,
frente a una nueva noche,
llena de olas,
y soplarás en mi corazón de miedo frío,
soplarás en su movimiento de paloma con llamas,
sonarían sus negras sílabas de sangre,
crecerían sus incesantes aguas rojas,
y sonaría, sonaría a sombras,
sonaría como la muerte,
llamaría como un tubo lleno de viento o llanto
o una botella echando espanto a borbotones.

Así es, y los relámpagos cubrirían tus trenzas
y la lluvia entraría por tus ojos abiertos
a preparar el llanto que sordamente encierras,
y las alas negras del mar girarían en torno
de ti, con grandes garras, y graznidos, y vuelos.

¿Quieres ser fantasma que sople, solitario,
cerca del mar su estéril, triste instrumento?
Si solamente lamaras,
su prolongado son, su maléfico pico,
su orden de olas heridas,
alguien vendría acaso,
alguien vendría
desde las cimas de las islas, desde el fondo rojo
del mar,
alguien vendría, alguien vendría.

Alguien vendría, sopla con furia,
que suene como sirena de barco roto,
como lamento,
como un relincho en medio de la espuma y la sangre,
como un agua feroz mordiéndose y sonando.

En la estación marina
su caracol de sombra circula como un grito,
los pa
ájaros del mar lo desestiman y huyen,
sus listas de sonido, sus lúgubres barrotes
se levantan a orillas del océano solo.

Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1875-Collioure, Francia, 1939)[esp], _Campos de Castilla_ (1917), «La mujer manchega»

  

     La Mancha y sus mujeres... Argamasilla, Infantes
Esquivias, Valdepeñas. La novia de Cervantes,
y del manchego heroico, el ama y la sobrina
(el patio, la alacena, la cueva, la cocina,
la rueca y la costura, la cuna y la pitanza),
la esposa de don Diego y la mujer de Panza,
la hija del ventero, y tantas como están
bajo la tierra, y tantas que son y que serán
encanto de manchegos y madres de españoles
por tierras de lagares, molinos y arreboles.
     Es la mujer manchega garrida y bien plantada,
 muy sobre sí doncella, perfecta de casada.
     El sol de la caliente llanura vinariega
quemó su piel, mas guarda frescura de bodega 
su crazón. Devota, sabe rezar con fe
para que Dios nos libre de cuanto no se ve.
Su obra es la casa –menos celada que en Sevilla,
más gineceo y menos castillo que en Castilla–.
Y es del hogar manchego la musa ordenadora;
alinea los vasares, ls lienzos alcanfora;
las cuentas de la plaza anota en su diario,
cuenta los garbanzos, cuenta las cuentas del rosario.
     ¿Hay más? Por estos campos hubo un amor de fuego,
dos ojos abrasaron un corazón manchego.
     ¿No tuvo en esta Mancha su cuna Dulcinea?
¿No es el Toboso patria de la mujer idea
del corazón, engendro e imán de corazones,
a quien varón no impregna y aún parirá varones?
     Por esta Mancha -prados, viñedos y molinos-
que so el igual del cielo iguala sus caminos,
de cepas arrugadas en el tostado suelo
y mustios pastos como raído terciopelo:
por este seco llano de sol y lejanía,
en donde el ojo alcanza su pleno mediodía
(un diminuto bando de pájaros puntea
el índigo del cielo sobre la blana aldea,
y allá yergue un soto deverdes alamillos,
tras leguas y más leguas de campos amarillos),
por esta tierra, lejos del mar y la montaña,
el ancho reverbero del claro sol de España,
anduvo un pobre hidalgo ciego de amor un día
–amor nublóle el juicio: su corazón veía–.
     Y tú, la cerca y lejos, por el inmenso llano
eterna compañera y estrella de Quijano,
lozana labradora fincada en tus terrones
–oh madre de manchegos y numen de visiones–,
viviste, buena Aldonza, tu vida verdadera,
cuando tu amante erguía su lanza justiciera,
y en tu casona blanca ahechando el rubio trigo.
Aquel amor de fuego era por ti y contigo.
     Mujeres de la Mancha con el sagrado mote
de Dulcinea, os salve la gloria de Quijote.

 

Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1875-Collioure, Francia, 1939)[esp], _Nuevas canciones_ (1917-1930), «Proverbios y cantares» 'El ojo que ves... Para dialogar... Poned atención'(sel.)


I
El ojo que ves no es
Ojo porque tú lo veas;
Es ojo porque te ve.

II
Para dialogar,
Preguntad primero;
Después... escuchad.

XLVI
Poned atención:
Un corazón solitario
No es un corazón.



Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1875-Colliuore, Francia, 1939)[esp], _Campos de Castilla_ (1912), «Campos de Soria» VII "Colinas plateadas", VIII “He vuelto a ver los álamos dorados...”, IX “¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria...” IX


VII
¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, oscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
hoy siento por vosotros, en el fondo
de corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!....

VIII
He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria –barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra–.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre, pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!


IX
¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita.
Me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?
¡gentes del alto llano numantino
que ha Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!

Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1875-Colliuore, Francia, 1939)[esp], Soledades, galerías y otros poemas_ (1907), “Humorismos, fantasías, apuntes”, «Anoche cuando dormía»"Anoche cuando dormía"


     Anoche cuando dormía
Soñé ¡bendita ilusión!
Que una fontana fluía
Dentro de mi corazón.
Di: ¿por qué acequia escondida,
Agua, vienes hasta mi,
Manantial de nueva vida
En donde nunca bebí?
     Anoche cuando dormía
Soñé ¡bendita ilusión!
Que una colmena tenía
Dentro de mi corazón;
Y las doradas abejas
Iban fabricando en él,
Con las amarguras viejas,
Blanca cera y dulce miel.
     Anoche cuando dormía
Soñé ¡bendita ilusión!
Que un ardiente sol lucía
Dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
Calores de rojo hogar,
Y era sol porque alumbraba
Y porque hacía llorar.
     Anoche cuando dormía
Soñé ¡bendita ilusión!
Que era Dios lo que tenía
Dentro de mi corazón.

Federico García Lorca (Fuentevaqueros, Granada, 1898-Víznar, Granada, 1936)[esp], _Romancero gitano_ (1928), «Romance de la pena negra»


                                                                                    A José Navarro Pardo
Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yungues ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad, ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar,
que la pena negra, brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, carne y ropa!
¡Ay mis camisas de hilo!
¡Ay mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!

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