Castellanos de Castilla,
tratade ben ós gallegos,
cando van, van como rosas;
cando vén, vén como negros.
-Cando foi, iba sorrindo;
cando veu, viña morrendo
a luciña dos meus ollos,
o amantiño do meu peito.
Aquel máis que neve branco,
aquel de dozuras cheio,
aquel por quen en vivía
e sin quen vivir non quero.
Foi a Castilla por pan,
e saramagos lle deron;
déronlle fel por bebida,
peniñas por alimento.
Déronlle, en fin, canto amargo
ten a vida no seu seo...
¡Castellanos, castellanos,
tendes corazón de ferro!
¡Ai!, no meu corazonciño
xa non pode haber contento,
que está de dolor ferido,
que está de loito cuberto.
Morreu aquel que eu quería,
e para min n'hai consuelo:
solo hai para min, Castilla,
a mala lei que che teño.
Premita Dios, castellanos,
castellanos que aborrezo,
que antes os gallegos morran
que ir a pedirvos sustento.
Pois tan mal corazón tendes,
secos fillos do deserto,
que si amargo pan vos ganan,
dádesllo envolto en veneno.
Aló van, malpocadiños,
todos de esperanzas cheios,
e volven, ¡ai!, sin ventura,
con un caudal de desprezos.
Van probes e tornan probes,
van sans e tornan enfermos,
que anque eles son como rosas,
tratádelos como negros.
¡Castellanos de Castilla,
tendes corazón de aceiro,
alma como as penas dura,
e sin entrañas o peito!
En trós de palla sentados,
sin fundamentos, soberbos,
pensás que os nosos filliños
para servirvos naceron.
E nunca tan torpe idea,
tan criminal pensamento
coupo en máis fatuas cabezas
ni en máis fatuos sentimentos.
Que Castilla e castellanos,
todos nun montón, a eito,
non valen o que unha herbiña
destes nosos campos frescos.
Solo pezoñosas charcas
detidas no ardente suelo,
tes, Castilla, que humedezan
esos teos labios sedentos.
Que o mar deixoute olvidada
e lonxe de ti correron
as brandas auguas que traen
de prantas cen semilleiros.
Nin arbres que che den sombra,
nin sombra que preste alento...
llanura e sempre llanura,
deserto e sempre deserto...
Esto che tocou, coitada,
por herencia no universo,
¡miserable fanfarrona!...
triste heirencia foi por certo.
En verdad non hai, Castilla,
nada como ti tan feio,
que aínda mellor que Castilla,
valera decir inferno.
¿Por que aló foches, meu ben?
¡Nunca tal houberas feito!
¡Trocar campiños frolidos
por tristes campos sin rego!
¡Trocar tan craras fontiñas,
ríos tan murmuradeiros
por seco polvo que nunca
mollan as bágoas do ceo!
Mais, ¡ai!, de onde a min te foches
sin dor do meu sentimento,
i aló a vida che quitaron,
aló a mortiña che deron.
Morreches, meu queridiño,
e para min n'hai consuelo,
que onde antes te vía, agora
xa solo unha tomba vexo.
Triste como a mesma noite,
farto de dolor o peito,
pídolle a Dios que me mate,
porque xa vivir non quero.
Mais en tanto no me mata,
castellanos que aborrezo,
hei, para vergonza vosa,
heivos de cantar xemendo:
¡Castellanos de Castilla,
tratade ben ós gallegos;
cando van, van como rosas;
cando vén, vén como negros!
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domingo, 17 de octubre de 2010
martes, 6 de abril de 2010
Rosalía de Castro (1837-1885)[esp], «Dicen que no hablan las plantas…»
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros
ni la honda con sus rumores, ni con su brillo los astros.
Lo dicen; pero no es cierto, pues siempre, cuando yo paso,
de mí murmuran y exclaman: -Ahí va la loca, soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha;
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de la vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan, y aunque las otras se abrasan.
¡Astros y fuentes y flores!, no murmuréis de mis sueños;
sin ellos, ¿cómo admiraros?; ni ¿cómo vivir sin ellos?
ni la honda con sus rumores, ni con su brillo los astros.
Lo dicen; pero no es cierto, pues siempre, cuando yo paso,
de mí murmuran y exclaman: -Ahí va la loca, soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha;
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de la vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan, y aunque las otras se abrasan.
¡Astros y fuentes y flores!, no murmuréis de mis sueños;
sin ellos, ¿cómo admiraros?; ni ¿cómo vivir sin ellos?
Rosalía de Castro (1837-1885)[esp], «Del mar azul…»
Del mar azul las transparentes olas,
mientras blandas murmuran
sobre la arena, hasta mis pies rodando
tentadoras me besan y me buscan.
mientras blandas murmuran
sobre la arena, hasta mis pies rodando
tentadoras me besan y me buscan.
Inquietas lamen de mi planta el borde,
lánzanme airosas su nevada espuma,
y pienso que me llaman, que me atraen
hacia sus sales húmedas.
lánzanme airosas su nevada espuma,
y pienso que me llaman, que me atraen
hacia sus sales húmedas.
Mas cuando, ansiosa, quiero
seguirlas por la líquida llanura
se hunde mi pie en la linfa transparente
y ellas de mí se burlan.
seguirlas por la líquida llanura
se hunde mi pie en la linfa transparente
y ellas de mí se burlan.
Y huyen abandonándome en la playa
a la terrena inacabable lucha,
como en las tristes playas de la vida
me abandonó, inconstante, la fortuna.
a la terrena inacabable lucha,
como en las tristes playas de la vida
me abandonó, inconstante, la fortuna.
Rosalía de Castro (1837-1885)[esp], «Cenicientas las aguas…»
Cenicientas las aguas; los desnudos
árboles y los montes, cenicientos;
parda la bruma que los vela, y pardas
las nubes que atraviesan por el cielo;
triste, en la tierra, el color gris domina,
¡el color de los viejos¡
De cuando en cuando, de la lluvia el sordo
rumor suena, y el viento,
al pasar por el bosque,
silba o finge lamentos
tan extraños, tan hondos y dolientes,
que parece que llaman por los muertos.
Seguido del mastín que helado tiembla,
el labrador, cubierto
con su capa de juncos, cruza el monte;
el campo está desierto,
y tan solo en los charcos que negrean
del ancho prado entre verdor intenso,
posa el vuelo la blanca gaviota,
mientras graznan los cuervos.
Yo, desde mi ventana,
que azotan los airados elementos,
regocijada y pensativa escucho
el discorde concierto
simpático a mi alma...
¡Oh, mi amigo el invierno!,
mil y mil veces bienvenido seas,
mi sombrío y adusto compañero;
¿no eres acaso el precursor dichoso
del tibio mayo y del abril risueño?
¡Ah, si el invierno triste de la vida,
como tú de las flores y los céfiros,
también precursor fuera de la hermosa
y eterna primavera de mis sueños!
árboles y los montes, cenicientos;
parda la bruma que los vela, y pardas
las nubes que atraviesan por el cielo;
triste, en la tierra, el color gris domina,
¡el color de los viejos¡
De cuando en cuando, de la lluvia el sordo
rumor suena, y el viento,
al pasar por el bosque,
silba o finge lamentos
tan extraños, tan hondos y dolientes,
que parece que llaman por los muertos.
Seguido del mastín que helado tiembla,
el labrador, cubierto
con su capa de juncos, cruza el monte;
el campo está desierto,
y tan solo en los charcos que negrean
del ancho prado entre verdor intenso,
posa el vuelo la blanca gaviota,
mientras graznan los cuervos.
Yo, desde mi ventana,
que azotan los airados elementos,
regocijada y pensativa escucho
el discorde concierto
simpático a mi alma...
¡Oh, mi amigo el invierno!,
mil y mil veces bienvenido seas,
mi sombrío y adusto compañero;
¿no eres acaso el precursor dichoso
del tibio mayo y del abril risueño?
¡Ah, si el invierno triste de la vida,
como tú de las flores y los céfiros,
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